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Tres reflexiones entre dos actos

Quizás este texto debería haberlo escrito antes de los dos actos de ayer. Pero no lo hice por falta de tiempo y no por mero afán especulativo. Así que le doy para adelante.

En primer lugar, los actos masivos, callejeros, como mera demostración de fuerza política o de presión sectorial, forman parte del siglo pasado. No se condicen ni con el ritmo de vida ni con el instrumental tecnológico con el que hoy cuenta la ciudadanía para expresarse. Y si bien, en contra de esta argumentación puede decirose que aún vivimos una transición entre dos siglos y, quizás, más que entre dos siglos, dos milenios, competir por quién llevó más carne humana por metro cuadrado es retroceder en cuatro patas a las pujas políticas del siglo pasado y, por añadidura, secuestrarnos el futuro.

Por otro lado sé que el periodismo necesita simplificar conceptos complejos para convertirlos en noticias y artículos. También sé que la situación que se vive hoy en la Argentina en relación al reclamo por las retenciones móviles por parte de productores ruralistas, es de una trama muy compleja. Pero también sabemos todos que este no es un conflicto para futbolizarlo.

El que pretenda futbolizar un conflicto como el que vive la Argentina basado en el reclamo de los productores rurales por el incremento de la tasa de retención móvil, no sólo simplifica en forma grosera sino que se roba la pelota del verdadero debate para dejarnos a todos parados y sin jugar a nada.

Por supuesto que el fervor de la multitud se contagia y nos permite retrotraernos a emociones tribales, atávicas. Descansamos un poco la razón y nos dejamos llevar por la pasión del hombre inmerso en la masa informe y anónima. Haciendo catarsis, nos impregnamos de una emoción que nos revitaliza y confirmamos así nuestra identidad. ¿Encuentra parecido a lo que sucede en las tribunas futboleras? Yo también. Es más, no encuentro muchas diferencias. Y en el fútbol, por citar un espectáculo deportivo de masas, es bueno que eso suceda. Pero en la sociedad, no.

Entonces,qué me importa si en Palermo hubo más metros cuadrados cubiertos por carne humana que la que hubo en Plaza de Mayo. ¿Tan equivocado estoy en este planteo? Tal vez sí. Y quizás ese error no me deje entender cuál es el núcleo duro de este problema. Si es así, háganmelo saber ya. Por favor.

En segundo lugar, que dos fuerzas aún sigan compitiendo entre sí poniendo como valor la cantidad de carne humana por metro cuadrado de calle es hacer retrotraer al sujeto en un objeto. Y con esto no digo que los asistentes a cualquiera de los dos actos fueron manipulados por el oficialismo o arriados por los ruralistas. Pero sí digo que mucha de la gente que fue a Palermo lo hizo con valores impresos en su conciencia a fuerza de días y días de conflicto. Valores tales como patria, campo, trabajo, federalismo. ¿Cuántas personas hubieran asistido a ese acto si la consigna de los ruralistas hubiese sido: “Estamos defendiendo nuestra renta”. ¿Cuál de las dos consignas se acerca más a la realidad?

En la otra punta de la ciudad, frente al Congreso, muchos de los que fueron a escuchar la palabra del ex presidente Néstor Kirchner estaban allí para “defender el gobierno de Cristina”. Y, en lo personal, yo no creo que un gobierno se defienda a fuerza de traccionar militancia en micros alquilados para competir luego por quien tiene la bandera más grande. ¿Ya nos olvidamos de cuánto dolor causaron esas prácticas a lo largo de la historia reciente argentina?

Si volvemos al barrio de la Sociedad Rural nos vamos a encontrar allí con miles y miles de personas de clase media apoyando “al campo”, esa identidad borrosa que acuñaron muy habilmente los productores rurales. Personas de clase media que aún guardan en su inconciente colectivo la ilusión del ascenso social y ayer se apretujaban con la gente de campo quizás con el imaginario de que la bonanza de clase se transmite por ósmosis.

En tercer y último lugar, me causó curiosidad ver las banderas rojas del MST flameando en medio de la multitud “pro campo”. Más que la presencia de un ala del trostkismo parecía una metáfora de cómo cierta izquierda se está desangrando.

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